14/05/2010

Aunque no os lo creáis os acabáis de convertir en parte de los protagonistas de esta historia. ¿Que cómo es eso? Si os apetece me vais a echar una mano para que podáis empezar a sentiros inmersos en lo que os voy a contar. Mientras vais leyendo estas palabras id mirando a vuestro alrededor. A lo mejor estáis en casa leyendo, o en un jardín sentados disfrutando de un maravilloso día soleado. Intentad observar todo lo que os rodea con detenimiento. Y con ello no quiero decir que os fijéis simplemente en sus formas. Eso es lo que hacemos casi siempre. Ahora os estoy pidiendo que miréis más allá de todo eso. Observad esos árboles tan bonitos, como son mecidos por el viento, la sensación de paz que os transmiten cuando los miráis, lo mágico de su existencia. Fijaos en esos niños jugando y riendo. Si os dais cuenta no tienen en su mirada ni el más mínimo vestigio de maldad.

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Pura inocencia disfrutando del presente, ausentes de cualquier problema. Si estáis en casa levantad la vista hacia el cielo. Por la ventana no. Desde donde estáis mirad totalmente hacia arriba. ¿A que no lo veis? Veis el techo que os protege de la lluvia, de las noches frías de invierno y de los sofocantes días de verano. Daros cuenta de lo “afortunados” que sois por tener todas esas posesiones. Ahora solo hace falta que os acordéis de vuestros amigos, de vuestra familia. Dejad que os invada el amor que sentís por ellos. Qué suerte poder tener esa sensación tan bonita en el pecho, ¿verdad?

Ahora que estáis observando las cosas desde una perspectiva más amplia me gustaría presentaros a una persona.


15/05/2010                                                                                                                                                          Puedes Continuar  el Relato, envía ti segmento: Clic Aquí

Como cada mañana, Osagboro sintió en su estómago esa curiosa sensación que lo despertaba cada día, señal de que un nuevo amanecer iba a iluminar con sus mágicos colores el Valle del Omo. Se levantó con cuidado para no despertar al resto de personas que aún seguían dormidas en la cabaña. Una vez fuera, sus descalzos pies empezaron a dibujar una cortina de humo tras de si, mientras los ya acostumbrados adultos de la tribu lo saludaron sonriendo al verlo pasar a toda velocidad. Aquella pequeña colina era perfecta. No estaba demasiado lejos del asentamiento Hamer, y daba una amplia perspectiva del paraje que lo rodeaba. Primero se sentó en el suelo y mientras cogía aliento, sintió la mezcla de aromas que le llegaron a su nariz. Las hogueras todavía encendidas en la aldea, el olor de la vegetación, el propio de la tierra, formaron en su olfato el perfume que llevaría consigo durante todo el día. De repente, como si fuera la primera vez que lo veía, sus grandes ojos se sorprendieron al ver como poco a poco una tenue luz fue creciendo en el horizonte. Se entremezclaba la oscuridad de la noche que iba llegando a su fin, con una preciosa escala de colores. Marrón, naranja, amarillo, blanco, azul... Los rayos del sol se hicieron paso entre los huecos de las hojas de los árboles, que dibujaron pequeñas líneas luminosas por doquier. Finalmente, la luna cedió el relevo de las sombras del paraje al sol, el cual bañó de colores todo a su paso. Los ojos de Osagboro se iluminaron, y grabó en su alma todas esas increíbles sensaciones, mientras sintió como aquella cálida luz provocaba escalofríos en los poros de toda su piel.

16/05/2010                                                                                                                                                          Puedes Continuar  el Relato, envía ti segmento: Clic Aquí


Una vez cargado de energías, volvió a la aldea que ya había despertado casi en su totalidad. Solo los más pequeños tenían el privilegio de continuar si podían en el mundo de los sueños. El resto de personas habían empezado ya sus quehaceres cotidianos. Todos tenían una importante labor que desempeñar. Osagboro acompañaba en muchas ocasiones a su hermano mayor, Melku, para ayudarle en la tarea que tenía encomendada. La verdad es que para el pequeño Hamer era como un juego. Se subían en aquella especie de pequeño andamio hecho con ramas gruesas y con sus hondas lanzaban piedras a todo animal alado que se atreviese a posarse sobre el cultivo. No podían permitirse que se llevaran el más mínimo grano de maíz. De ahí que tuvieran desarrollada una fantástica puntería con su simple arma. Tenían momentos en los que hablaban de todo tipo de cosas. Sobretodo a Melku le gustaba meterse con su hermano pequeño.

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Relato Inspirado en el Modelo de Certificado de Participación

Autor: Chus Rama Ropero -

Correctora de estilo :Beatriz Medrán Mancebón                                                                   Información detallada: certificados@muraldigitaluniversal.org todos los derechos reservados